Entrevista a Lorel Manzano autora del libro los quebrantahuesos, cuentos seleccionados por Cicely Editorial

Entrevista a Lorel Manzano autora del libro los quebrantahuesos, cuentos seleccionados por Cicely Editorial


Lorel Manzano: “Me sentí con absoluto derecho de increpar a las voces narrativas de mis maestros”.

Pilar Gómez Rodriguez
@letrasyfilo

Cicely Editorial acaba de publicar Los quebrantahuesos, de la mexicana Lorel Manzano. Tomamos como punto de partida este conjunto de historias “atravesadas por dos balas” y hablamos también de familias literarias, de la traducción y sus polémicas y de la dificultad de definir “lo mexicano”.

Quizá sea el lenguaje, quizá el ambiente o tal vez la violencia que lo impregna todo. Quizá sea la muerte que siempre acecha y siempre cumple. Quizá por todo lo anterior bien juntito sea posible afirmar que los cuentos de Lorel Manzano en Los quebrantahuesos desbordan ‘mexicanidad’. Pero ¿qué significa esto exactamente? ¿Significa lo mismo en España y en México? Por aquí comienza esta entrevista larga y reposada con esta autora y traductora literaria que estudió Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la UNAM. En 2011 obtuvo la Mención Honorífica del Premio Nacional de Bellas Artes Juan Rulfo para primera novela por El rumor del aliso y  en 2014 ganó el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila por los relatos que componen Los quebrantahuesos. Los acaba de publicar en España la editorial Cicely y, sí, desbordan ‘mexicanidad’, signifique esto lo que signifique.

¿En qué consiste para usted ‘lo mexicano’ o de qué hablamos cuando hablamos de ‘mexicanidad’?

Esta pregunta me ha quitado el sueño. Comprenderás que en México nunca me han preguntado al respecto. A causa de la complejidad, te pido me dejes ensayar la aproximación a una posible respuesta que vendrá al final y, de momento, me permitas dejar sobre la mesa los siguientes versos de Rosario Castellanos:

“Me quiero despedir de tanta pena”
igual que tú, Miguel, pero soy mexicana
y en mi país tenemos ritos, costumbres, modos.

Rulfo, Arreola o Revueltas son autores que se citan como referencias en los textos que acompañan la edición de Los quebrantahuesos en Cicely. ¿Cuáles citaría usted o qué escritores y escritoras le han acompañado a la hora de escribir estos cuentos o le acompañan siempre en la hora de la escritura?

Kafka hablaba de la familia literaria a la cual deseaba unirse, en ese sentido, quizá busqué emparentar con aquellos autores a los cuales había leído lenta y apasionadamente. Es justo en la clave de la lectura donde el escritor, me parece, forma una peculiar familia literaria. Pero, como sucede en toda buena familia, en la literaria no faltan el pleito y la traición. Acaso porque el escritor, tarde o temprano, traicionará a sus autores a la hora de construir un universo ficticio y lo hará mediante una serie de metamorfosis de las influencias. En Kafka casi no se reconoce la figura de Dostoievski. ¿La razón? Tal vez se encuentra en la lectura desmesurada de un autor con un genio tan singular como para inventarse el mundo kafkiano.

Será en la lectura donde los escritores y filósofos, tan emparentados, comienzan su obra: Marx leyó en la historia una lucha de clases; Freud leyó en la filosofía y en la literatura las quejas de la mente humana. ¿Serán acaso lecturas como vueltas hacia sí? ¿Necias, egoístas y obsesivas? Seguramente, y más aún: rebeldes, fuera de las convenciones, en los márgenes del texto. Por mi parte, sin tener ni de lejos el genio de Marx o Freud o Kafka, acostumbré desde muy joven la lectura dialogada. Me sentí con derecho de increpar a las voces narrativas de mis maestros. Reclamé a los personajes su mala cabeza y me deshice en maldiciones cuando los vi perdidos. Mis libros más cercanos están llenos de anotaciones delirantes. Puro reclamo, felicidad y admiración.

Por supuesto, me siento honrada de ver mi nombre asociado a Rulfo, Arreola, Revueltas, B. Traven, especialmente porque me siento parte de una tradición que hunde sus raíces en la tierra, en el mundo rural mexicano, en la llamada cultura popular. Sin embargo, también me alejo de ellos e intento trabajar las metamorfosis de mis lecturas a la hora de escribir. Como lo mencioné antes, las relaciones familiares son un tema complicado, de ahí que prefiero tener lejos a Rulfo: es peligroso, tanto como mirar el rostro de Zeus.

En una entrevista para la UNAM  afirma usted que todo lo que hace tanto en su trabajo como en su vida personal “pierde sentido si no puede ser expresado literariamente”. ¿Podría explicarlo  o extenderse sobre cómo sus vivencias o experiencias se traducen o se imbrican con la ficción en sus obras?

Esta pregunta me interesa mucho, porque trata la compleja relación entre realidad y literatura. La vida provee de algún modo los materiales que han de trabajarse en la ficción, y a través de la reelaboración literaria, la experiencia vital cobra otro sentido, incluso, diversos sentidos. Un suceso de la realidad puede desencadenar numerosas formas de tratarlo, de recordarlo y reconstruirlo. A la hora de escribir, busco no atar el texto a la realidad, pues necesito moverme libremente en la ficción y para lograrlo echo mano sólo de los elementos que el cuento exija. Sin embargo, la ficción tiene su origen en la realidad, razón suficiente para no traicionarla si no quiere ponerse en riesgo.

Ahora, quisiera apuntar que Los quebrantahuesos surgieron de una realidad muy concreta: el sexenio infame de Felipe Calderón. Que ese hombre gris, “que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje” ‒palabras más, palabras menos de Borges para su Otálora‒, hundiera a México en un grotesco carnaval de la muerte y llegara a jefe supremo del crimen organizado, parecía de antemano imposible. Sería tan largo contar los más de doscientos mil muertos. Niños de una guardería entre llamas. Ajusticiamientos extrajudiciales con sus respectivos tiros de gracia. Las matanzas de migrantes centroamericanos. Pueblos devastados…

El cuento “Piárati, el adivino” nació durante una breve estancia en el pueblo purépecha de Cherán, Michoacán, pero no aparece de manera explícita lo que allá sucedió, sólo se dibujan algunos de sus rasgos. Te cuento: Cherán se sublevó. Las mujeres habían iniciado espontáneamente la revuelta por dos razones tremendas: no tenían hongos ni agua, a causa de la tala de los bosques. El pueblo aguantaba el estado de sitio impuesto por los talamontes (una variante del crimen organizado), las policías municipal y estatal, y los medios de comunicación. El cerco mediático era brutal. El pueblo contaba con el apoyo de los familiares radicados en Estados Unidos, quienes les hicieron llegar algunas armas, dinero. Entonces, la comunidad tomó decisiones de una autodeterminación e inteligencia asombrosas. No permitieron el paso a periodistas de medios oficialistas e invitaron a jóvenes escritores para que dieran cuenta, en algún momento, de aquellos acontecimientos. La comunidad nos alojó en sus casas. Comíamos dos veces al día de manera más o menos frugal. Yo sentía hambre. Durante aquellos días, entrevistamos a los líderes del movimiento, a las mujeres que habían comenzado la sublevación. Cada noche hicimos lecturas en voz alta en las barricadas, ante personas que, en su mayoría, no sabían leer ni escribir, pero seguían la lectura de poemas y textos breves con gran atención. A veces interrumpían, preguntaban, se ponían melancólicos al escuchar un poema de amor fracasado. Todo esto sucedía de noche y hasta la madrugada en la montaña a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, ateridos por unos vientos que hacían castañear los dientes.

De aquella experiencia vital como joven escritora, permanecieron en la ficción sólo algunos rasgos: los talamontes, el nombre purépecha Piárati, la charanda, rica bebida espirituosa propia de la región. El palacio municipal y la traición. Pero no quería escribir un testimonio, tampoco una crónica cuyo eje dependiera de mi perspectiva. Deseaba conceder el don de la vida a mis personajes. Por supuesto, como autora puedo describir la realidad que dio origen a esa atmósfera de violencia en Los quebrantahuesos, pero en los cuentos sólo aparecen ciertos aspectos. La punta del iceberg, un tobillo que hace adivinar un cuerpo. Así como dos balas atraviesan los cuentos, lo hace una historia subterránea, no dicha, ausente en los textos. Sin embargo, esa historia ausente se completa en la forma misma del libro: en la reedición de la editorial Cicely, en la fotografía de Angélica Jarumi Dávila, en las reseñas. En esta entrevista que me concede voz para contar fragmentos de un relato más extenso: el de la Historia.

Cuando descendimos de las montañas de Cherán hacia la playa azul, encontramos militares, convoyes de hombres armados. Terror entre la gente. Silencio.

En Los quebrantahuesos es muy importante el contenido, pero la forma no lo es menos. La alternancia de relatos de mayor y menos extensión impone su tiempo y su ley a la lectura. La batalla que fondo y forma libran en la obra de todo escritor o escritora ¿quién la gana en su caso?

No creo que exista esa batalla. Estoy convencida de que el fondo es a la forma como los huesos a nuestra carne. El conjunto forma un dedo, una mano, un brazo. En el caso de Los quebrantahuesos, el libro exigió su poética desde un principio. Batallé, en efecto, para comprenderla, porque estaba contenida en un instante de las historias breves. Lo descubrí como si leyera el texto de un extraño y entonces se configuró la imagen íntegra en mi cabeza. Las historias no estarían unidas, sino atravesadas por dos balas que salieron del cañón de un arma en busca de un hombre. El microuniverso ficticio de cada cuento se dislocaría al resultar herido, como si fuera una pierna o un riñón. Por otra parte, cada historia exigió su ritmo y atmósfera. La prosa, a veces torturada, debía corresponder a los personajes, ya estuvieran atrapados o condenados por su realidad ficticia.

Ahora, debo decir que comencé mi camino literario con la novela y en ningún otro género me siento más libre, más felizmente morosa y a mis anchas. De ahí la costumbre de dejar en libertad a mis personajes de la narrativa breve para que ellos hagan su voluntad, se abandonen a la venganza o a la pasión y malgasten la vida en esa suerte de condena que se configura en la estructura del cuento.

Usted ha escrito también novela. ¿Qué le ha dado el cuento, que le ha revelado, en relación con los otros géneros?

El cuento me ha revelado el instante irrevocable, el punto de quiebre y la luminosidad. Traigo a la mente tres palabras de Octavio Paz, a propósito del gran poeta Salvador Díaz Mirón, para describir el cuento: el mediodía mexicano. Pleno de luz, abrasador, intenso. Pienso de nuevo en Rulfo y Revueltas, en la tradición literaria. En la idea del cuento como “un relato que encierra un relato secreto” y su arte mayor consiste en contar “dos historias como si fueran una”, según Ricardo Piglia en sus Formas breves, echando mano de Hemingway y de su lectura obsesiva de Borges. Entre las muchas reflexiones en torno a un gran maestro del cuento, Piglia plantea algo un poco delirante: “Borges teje su obra en el revés de una mitología sobre la oralidad”. Para situar al lector, Piglia se hace de una fogata, una noche y la obligada reunión alrededor de la comida y la bebida ‒quizá esto venga de mi cosecha, pero no importa‒. Tenemos la fogata, un día que ha transcurrido y a los jornaleros, campesinos o sublevados contando historias. Deben ser breves, porque todos quieren hablar y la noche no es eterna. Ahí aparece el destinatario de la historia. Para Piglia, la oralidad en Borges no radica en el narrador ‒ríos de tinta han corrido sobre el universo libresco de Borges‒, sino en el destinatario de la historia, en una figura que se encuentra en el texto y puede adquirir las más diversas formas: “Emma Sunz teje con perversa precisión, y en su cuerpo, una trama criminal destinada a un interlocutor futuro (la ley) a quien engaña y confunde”. El resto de la tradición oral persiste en “la sombra de quien escucha, en la silueta inestable de un oyente, perdido y fuera de lugar en la escritura”. Las posibilidades del relato se multiplican en esa pequeña imagen, pues mujeres y hombres reunidos en torno al fuego, podrán contar historias para divertirse, aleccionar o caer en confesiones, pero también para confabularse, denunciar la traición y amenazar veladamente. En México tenemos una expresión muy linda para dar mensajes indirectos: “te lo digo, Juan, pa que lo entiendas, Pedro”.

Insisto en que el fondo es a la forma como los huesos a nuestra carne.

Usted tiene formación en lengua y literatura alemana modernas. ¿Cómo se relaciona, influye o conjuga este bagaje y esta querencia con su escritura?  Si es que se relacionan a la hora de escribir…

La influencia de la literatura en lengua alemana es muy grande. Al momento de escribir y en casi todos los ámbitos de mi vida. En gran medida, porque trabajo bastante con esta literatura y, en especial, publico ensayo sobre autores de lengua alemana, tanto en revistas como en suplementos culturales. Los más queridos son “La Jornada Semanal” y “Laberinto”.

Al tratarse de autores desconocidos u olvidados, los he presentado mediante el retrato literario. A excepción de algunos temas o autores que me han solicitado expresamente, yo siempre he decidido sobre quienes escribir. En este punto vuelvo a la clave de lectura, pues cambia por completo mi forma de leer una obra sobre la cual escribiré. Una vez más, dialogo con el texto y con el autor, pero lo hago a caballo sobre dos épocas: la mía y la de un autor, por ejemplo, del siglo XVIII. Ahí, la realidad es absolutamente libresca. Necesito de la historia, la filosofía, las polémicas y de la crítica literaria posterior. El procedimiento cambia de autor en autor y de obra en obra. En esos momentos, no me permito una lectura de plena introspección, necia ni desmesurada para mis fines egoístas de aprendizaje, porque el propósito es compartir esa lectura, seducir al lector. Coqueteo con esa idea de seducción, porque hay autores que han creado a sus lectores, a veces desde lenguas extranjeras u otros países.

Leer en alemán me ha otorgado la experiencia única de sentirme acogida y hospedada en una lengua extranjera. Lo menciono en el sentido de la hospitalidad clásica. Se trata del gesto de generosidad de una lengua, a veces correspondido desde la traducción literaria. Jaques Derrida, nacido en El Biar de la Argelia colonizada, en su lectura de Walter Benjamin, plantea que gracias a la traducción una obra puede vivir quizá mejor y por más tiempo, muy “por encima de los medios de su autor”.

En relación con esto último: usted ha traducido los versos de Christine Lavant, la maravillosa poeta austriaca marcada por la enfermedad, la pobreza que vivió y padeció la Segunda Guerra Mundial. Le pido que se moje en la polémica que provocó Amanda Gorman al reclamar una traductora mujer, activista y preferiblemente de origen afroamericano para sus versos. ¿Cuál es su opinión?

Por encomienda de AUIEO, elegante editorial mexicana, realicé la primera traducción de Lavant al español. Desde entonces, la entrañable autora austriaca se convirtió en una de mis escritoras de cabecera. Ahora trabajo felizmente en un nuevo proyecto con Nieves Trabanco, magnífica traductora de Marlen Haushofer, Karin Reschke, Raoul Hausmann, y de Notas desde un manicomio, de Lavant, bajo el sello de la editorial errata naturae.

A propósito de los traductores y de la polémica que provocó Amanda Gorman, apuntaré que el 20 de enero, seguí la transmisión de la toma de poder de Joe Biden mientras lavaba los trastes. Comprenderás que para los mexicanos es muy importante seguir ciertos eventos frente al Capitolio. Francamente, al escuchar el poema de Amanda Gorman, me pareció muy adecuado al clásico doble discurso de los mandatarios estadounidenses. Confieso que no percibí la belleza de las imágenes poéticas y no pensé en grandeza sino en grandilocuencia. Quizá cuando eché la ropa a lavar, me perdí el verso más reivindicativo de la poeta. Por lo demás, contemplé los dulces movimientos de manos, el rostro bonito y la sesión fotográfica con los Obama. A todas luces, la joven escritora desea seguir la estela del señor Obama, quien, entre sus grandes méritos, cuenta con una alta incidencia de crímenes de odio en sus ocho años de gestión. Crímenes que quiso soslayar a toda costa. También emprendió una masiva deportación de migrantes, se hizo el despistado con el tema de las armas en su gran nación y en la frontera con nuestro país, y mucho habría que decir de las guerras del Nobel de la Paz y su gusto por jugar con drones asesinos. Por no mencionar la persecución a Edward Snowden y Julian Assange.

Por supuesto, nada de esto es responsabilidad de Amanda Gorman y ella tiene todo el derecho del mundo en considerar a la señora Obama un ejemplo a seguir. Pero, ¿por qué las exigencias de la poeta para la venta de derechos de traducción debían golpear a los traductores de otros países? ¿Por qué los traductores Marieke Lucas Rijneveld y Víctor Obiols se vieron obligados a mostrar sus credenciales, a renunciar por razones completamente ajenas a ellos? ¿Cómo creer un discurso en contra del privilegio hecho desde el privilegio? Gorman bien podría demandar una traductora activista y negra, si no lo exigiera desde el discurso de un país comprometido con todas las culturas, colores de piel y condiciones humanas. En la práctica ha demostrado todo lo contrario. La joven se traicionó, o no, quizá sólo sigue a sus modelos. En todo caso, si en la cima de la colina que ha escalado, Gorman hubiera planteado desde un principio el perfil de su traductora ideal, los traductores Rijneveld y Obiols no se hubieran convertido en blanco de ataques y descalificaciones. Pero hay algo más: en el escándalo mediático, las agencias con posturas “políticamente correctas”, dejaron a los traductores a la deriva.

Al parecer, los brazos extendidos de Gorman no desean estrechar a cualquiera y aquello de “apartar las diferencias” sólo contempla a su petit comité de celebrities.

Hace poco la responsable de una editorial que publica curiosamente textos de origen alemán (ella es alemana, Cecilia Dreymüller, y traduce la mayoría) me decía que presentar una obra al público español era hacerle una especie de pasaporte. Para finalizar le pido que haga, por favor, el “pasaporte literario” de Los quebrantahuesos para el público y el mercado español.

Para hacer una suerte de presentación de Los quebrantahuesos, quisiera pedir al lector español que traiga a la mente la imagen del ave, un poco buitre y un poco águila de gran tamaño. Quizá los han visto; ahora se encuentran en conservación en la cordillera Cantábrica y en los Pirineos. Son aves tornasol que habitan las zonas altas del mundo, sobrevolando barrancos y acantilados. Se alimentan de huesos. Así pienso este libro, el cual de algún modo emigró de mi nombre hace tiempo y ahora continúa su vuelo. Señalo esto con un dejo de melancolía, porque esas historias ya no me pertenecen. Ellas tienen un camino, una vida propia.

Por el lenguaje, el ambiente, por la violencia que lo impregna todo y la muerte que siempre acecha y siempre cumple pueda decirse que Los quebrantahuesos desborda ‘mexicanidad’ sea lo que sea lo que esta quiere decir. Por eso me centro en lo último para preguntarle ¿en qué consiste para usted ‘lo mexicano’ o de qué hablamos cuando hablamos de ‘mexicanidad’?

Hasta ahora vuelvo a esta pregunta, porque me ha quitado el sueño y porque todo principio contiene su final. Pensar en la mexicanidad de Los quebrantahuesos me lleva necesariamente a la historia de un pueblo derrotado, traicionado y vendido. Nada de esto ha sucedido sin resistencia: la batalla por la tierra en México ha sido cruenta. Persiste el anhelo por la tierra y la libertad, el deseo de la autodeterminación tan vivo en nuestras raíces indígenas. Algo hay de regodeo en nuestras penas que provienen de la historia. Algo hay en los versos de Rosario Castellanos que me conmueve:

Si la pena me dice que se va, me desvivo
por ser hospitalaria.
¿Se le ofrece un café? ¿Una copita?
que se quede otro rato.
Aún no es tarde y afuera hace mal tiempo
y hay tanto de qué hablar todavía. Hablaremos.
[…]
Y temo que mi adiós —si es qué hay adiós—
se confunda con una bienvenida:
lo que preparo ya para la muerte.